He crecido en la generación Disney, rodeada de pelis que me hablaban de un príncipe azul que llegaba para salvar a la princesa de diversos desenlaces terribles. Con finales de “fueron felices y comieron perdices” que intencionadamente terminaban la historia cuando acababa la fase del enamoramiento. No solían decirte qué pasaba después de que la princesa y el príncipe se casaran o después de que el caballero y la damisela descubrieran que ni el uno era tan cortés, ni la otra era tan dulce como se prometían. Si estas pelis hablaran de esto, descubrirían que el cuento no es de hadas, que surgen las dificultades, empezamos a dar por hecho al otro y muchas veces el príncipe desearía volver con el dragón y la princesa querría volver de nuevo al aposento de la torre. Lo que no cuentan estos cuentos es que lo que realmente es de película es que el amor verdadero sea tan fuerte como para hacer que libremente, podamos elegir amar cada día incluso a pesar de la prueba, de que no apetezca o incluso a pesar de que ya “no te necesite”.

Ahora por el contrario nos encaminamos, un poco peligrosamente en mi opinión, hacia la otra cara de la moneda. Así son las tendencias: pendulares. Y constantemente escucho voces que me dicen que no necesito a nadie, que yo lo valgo, que una princesa moderna no necesita que la salven. Personalmente tener que ser siempre tan autosuficiente y fantástica me agota hasta límites insospechados. Pero reconozco que en parte, es cierto. Yo lo valgo, pero solo porque hubo Alguien que entró en mi historia, tanto que aun no necesitándome asumió mi condición humana. Tanto me amó que bajó hasta la inmensidad de mi pobreza, para que no hubiera un hoyo tan profundo como para que Él no pudiera acompañarme. Tanto me amó que aun sabiendo lo que yo era capaz de hacer, escogió no darme por perdida. La Navidad, me habla de que necesito ser rescatada y eso me hace tremendamente valiosa. ¿O es que no se rescatan los tesoros hundidos en el mar?

Dios al encarnarse hizo que todo lo humano hablara de Dios. También mi cuerpo, también mi sexualidad que es, como decía Juan Pablo II, la cima de la Creación divina. En este misterio de la Encarnación es donde el cuerpo encuentra su plenitud y su dignidad, aunque nos abra muchas incógnitas. Podría haber venido a este mundo convertido en ameba o en mueble de Ikea, pero no, el cuerpo sexuado fue elegido por Dios para manifestar su misterio divino y ofrecer así la salvación al hombre. 

Lo que de verdad es de película es que Dios haya elegido el matrimonio como exponente de Su amor. La Navidad me enseña que nuestra vida de fe no es solo rezar, no son solamente las prácticas espirituales. Mi parte más material, la que a veces me avergüenza y trato como de segunda, también entra en la ecuación. Y no solo entra, sino que es el núcleo. Y de ahí que mi matrimonio, cuando vive la donación y entrega total de su unión sexual, de un modo increíblemente artístico por parte de Dios, forme parte de la Navidad y por lo tanto de la salvación del ser humano. 

Me parece tan maravilloso, que me abruma y pone mi matrimonio incluso por encima de mí misma. ¡Y menos mal! Qué bien hecho está así, para que no dependa de mis debilidades, ni de mis fuerzas, solo de la alianza que Dios ha hecho sobre nosotros. Qué bien que yo pueda amar aunque no sea una princesa de cuento. Qué bien que yo pueda amar cada día porque Dios nace cada día. Es entonces cuando me doy cuenta de que vivo el cuento que merece la pena contar. El único que quiero vivir y el único que garantiza un amor de película.