Tiene años y ha hecho de su misión, su trabajo. Cree en hacer feliz a la gente. No quiere ser periodista, quiere ser comunicador. Y yo me atrevería a decir que ya lo es y en mayúsculas. 

No se deshinchó ante las expectativas de aquellos que querían cortarle las alas.  Y es que cuando uno tiene claro el camino, siempre vuelve a él. Aunque sea sirviendo cafés. 

Nos cuenta cómo descubrió su vocación, cómo nada pasa por casualidad y en su caso se hizo real eso de Dios escribe recto con renglones torcidos. Y también cómo es eso de estar cerca de los verdaderos héroes, los que no llevan los calzoncillos por fuera, pero llevan la verdad sobre la vida dentro.