Hace ya un tiempo que empecé a hacer álbumes de fotos, porque desde que llegó la era digital a nuestras vidas… perdimos uno de mis pasatiempos preferidos. Y es que soy muy fan de sacar un álbum del año de maricastaña para mirar cómo éramos. Ver a tu madre con hombreras del tamaño de Alabama. Tu padre con cara de chaval, pañito al hombro, captado en ese momento de “le estoy sacando gasecitos a mi niña” y como no, esas fotos que jamás debieron hacerse y que te ridiculizaron hasta límites insospechados. Esa foto de la boda de aquel tío a la que fuiste con un corte de pelo que tú madre decía que te quedaba bien, pero era solo amor de madre. Esas fotos que durante una época hubieras hecho cualquier cosa porque no salieran a la luz y que con el tiempo hasta les has cogido hasta cariño.

Antes, cuando los carretes  eran de 24 fotos, solo había un disparo posible. Solo había una oportunidad. Si en la foto de las vacaciones tú prima salía con los ojos cerrados a punto de estornudar, así se quedaba. Tenía su encanto. Se inmortalizaban cosas que ahora se borran. Se atrapaba el momento. Y se liberaba espacio en el móvil, que de paso nunca viene mal.

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Y es que hay instantes que deberían durar para siempre. Hay instantes que se merecen un marco. Y esos instantes tienen una habilidad de estar siempre en la cámara de otro. De aquel que te dice “no te preocupes, que luego te la mando” y ese “luego” tarda en llegar lo mismo que una dieta en acabar, vamos que puede que sea nunca.

Se acabó el sentirte Buffy cazavampiros en plena persecución. Atrapa ese momento y ponle un marco. Busca esa familia que es tan blessings y hazle un regalo para siempre. Llegaron… los retratos personalizados. Y son lo más. ¡Echa un vistazo!.