El próximo sábado (15 de octubre) es el día dedicado en la Iglesia a Santa Teresa de Jesús. Poca presentación necesita esta Santa del siglo XVI, ¿pero como puede ser que algo escrito hace tantos años siga teniendo vigencia hoy en día? ¡Porque la enseñanza de Dios nunca pasa de moda!. Hemos querido adaptar algunas de sus reflexiones para poder transmitírselas como enormes tesoros a nuestros hijos, los más pequeños de la casa y los más grandes para Dios.

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  1. No estamos huecos, hay que conocerse para reconocer en nosotros el don de Dios.

Santa Teresa nos dice que estamos llamados a ser algo grande, en definitiva Santos, porque nuestra naturaleza humana está tocada por Dios. El gusano, renace como mariposa. Nuestra vocación es ser bellísimas mariposas, sin dejar de ser en cada momento lo que somos.

Les diremos a nuestros hijos, que ellos no son perfectos, que claro que hay cosas que les salen mal, y que fallan (aun a veces sin querer) pero que Jesús ya lo sabe, ya cuenta con ello y ya les quiere. No espera a que sean perfectos. Pero sí son infinitamente preciosos porque han sido creados por Él. Porque Él quiere, por amor, hacernos grandes príncipes y princesas de su Reino. No es nuestro mérito, es un regalo que nos hace gratuitamente.

  1. Vivir la presencia de Cristo dentro, como uno solo con nosotros.

Santa Teresa experimentaba la necesidad constante de acudir a la fuente de la oración y por ello terminó convirtiendo su propia vida en manantial inagotable, al integrar al propio Cristo con ella misma.

Esto se traduce en explicar a nuestros hijos que nunca están solos; que a la guarde, al cole, al parque y a toda partes, van con Jesús. Que pueden preguntarle, hablar con Él y saber que siempre está cuidando de ellos. Que cuando se sientan tristes pueden recurrir a Él, y sobretodo que cuando tengan una gran alegría la pueden celebrar con Él. Que la humanidad de Jesús-amigo se haga cotidiana en su día a día.

  1. Un clima de fraternidad y acogida, amistad limpia y sincera.

En esto, ella hacía referencia al ambiente propicio para la oración. Un ambiente que deje espacio (físico) y silencio (exterior e interior) para lo único importante cuando se ora: el Señor. Y esto, practicado de manera personal y posteriormente compartida. Porque una tendencia al “solo yo” nos encerrará y privará de muchas riquezas.

Podemos enseñar a nuestros hijos a mirar y admirar las grandezas que Dios hace en los demás, primero compartiendo la oración en familia. Cada miembro puede dar gracias por las cosas que le ha regalado Dios en el día. Y posteriormente enseñando a bendecir (bien-decir) de los demás. Educándoles a vivir en la gratuidad y no en la crítica con el entorno. Y motivarles a que encuentren amistades con las que no se avergüencen de hablar de Jesús, siempre con delicadeza y respeto.

  1. Abandonarnos del todo a lo que el Señor hace, que sabe mejor lo que nos conviene.

El completo abandono de Santa Teresa a la voluntad de Dios, pasó por comprender que nada pasa en nuestras vidas, sin que Dios lo permita. Y si lo permite es por un bien mayor, porque, si le dejamos, lo transformará en una felicidad mayor para nuestras vidas. Mucho mayor de la que nosotros podamos construirnos. Nada te turbe, nada te espante; Dios no se muda. No hay oración más conocida de Santa Teresa.

Cuando nuestros hijos se enfrenten con frustraciones porque algo no les ha salido, podemos mostrarles que no hay un solo final feliz para cada cuento. Que Dios, que es quien escribe nuestra vida, coge todo lo que nos pasa y lo utiliza para llegar al final feliz. Para eso solo tenemos que confiar, pedirle lo que necesitamos con fe y Él se ocupará de dárnoslo, aunque a lo mejor, a veces, no es de la manera en que nosotros habíamos pensado. ¡Pero es que Dios es muy original y escribe grandes y fascinantes cuentos!

  1. ¿Dónde está Dios? En la Eucaristía

Santa Teresa escribe sobre el don de la Eucaristía “con lágrimas y gozo de alma”. Porque es desmesurado que Dios haya querido hacerse pan, que haya querido quedarse como alimento comestible, masticable, vulnerable. Solo por hacerse presente para nosotros. Ninguna necesidad tenía Él, pero lo hizo por Amor.

Cuando llevemos a nuestros hijos a misa, podemos hacerles caer en la cuenta de que ocurre un milagro. Que Jesús se hace realmente pan y vino. Y cuánta generosidad y cuánto amor hay en ese gesto. Que vean cómo lo vive el sacerdote, con qué respeto y delicadeza se trata el momento de la consagración. Y si aún no han recibido la primera Comunión, podemos  ir preparándoles el corazón para ese momento.