Elaborar una lista con lo que es recomendable y no es recomendable ver con nuestros hijos no parece conveniente por dos motivos. El primero es que la lista se irá devaluando progresivamente según aparecen nuevos títulos en cine y televisión. El segundo tiene que ver con el juicio libre de los padres. A nosotros nos ocupa integrar en nuestro razonamiento los elementos de juicio necesarios para juzgar por nosotros mismos la realidad. No necesitamos a nadie que nos diga lo que debemos hacer pero sí es preciso confiar y seguir algunos consejos para formar un criterio.

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Las siguientes líneas de Alan Lee, ilustrador (entre otras, de la obra de J.R.R. Tolkien) pueden ser de utilidad al comienzo de esta micro-reflexión: «Creo que ahora necesitamos buenos narradores de historias, tanto como cuando la tradición oral era la única manera de transmisión; y que la transmisión activa de narraciones desempeña un papel fundamental en el desarrollo del cerebro. La calidad de los relatos que nos rodean cuando crecemos tiene una importancia vital para nuestro bienestar, igual que la calidad del alimento que ingerimos y el entorno que nos rodea».

Cuando hablamos de historias, ya sean series, películas, cuentos, novelas, cómics, obras de teatro, videojuegos, ópera o lo que sea, hemos de tener en cuenta que estamos ante una realidad que nos afectará de una forma u otra. La realidad nos afecta pero nosotros no elegimos ni cómo ni de qué manera, tan sólo podemos establecer un control limitado. Cuando nos expongamos a un relato hemos de preparar nuestra mirada y nuestra disposición interior. Muchos antes que nosotros se creyeron (y les creyeron) fuertes y nobles y cayeron muy bajo simplemente por algo que comenzó con una mala mirada (Cf. 2 Sm 11). De igual modo, otro tipo de visión nos eleva o nos deja más o menos indiferentes, es decir, nos acerca silenciosamente a una forma concreta de percibir y vivir la realidad.

Ahora que hemos tomado conciencia de nuestra vulnerabilidad podemos considerar las tres cosas que hemos de tener en cuenta a la hora de elegir lo que vamos a ver/visionar con nuestros hijos:

 

El mensaje

La ordenación de unos elementos a lo largo de una narración es la demostración plástica de una idea, lo quiera o no el creador, tenga la intención o no. Este es el primer hecho que debemos asimilar: toda forma de narración comunica algo. Quienes crean/producen las historias que consumís con vuestros hijos tienen plena conciencia de ello. En el mundo de la narrativa audiovisual hay un nombre que suena con la fuerza de un trueno en una noche en calma: Robert McKee. En su celebérrima obra El guión (Story), estudiada con entusiasmo por una oceánica masa de escritores de ficciones de todo tipo, afirma McKee: «Narrar es la demostración creativa de la verdad. Una historia es la prueba viva de una idea, la conversión de una idea en acción. La estructura de los acontecimientos de una historia será el medio que utilicemos primero para expresar y luego para demostrar nuestra idea… sin explicaciones».

La pregunta es clara: ¿estoy de acuerdo con la idea de la realidad (el hombre, el mundo, la trascendencia) que transmite esta historia? Tanto si sí como si no, ¿estoy capacitado para que mi hijo interprete su contenido y logre pasar por el consciente lo que de otro modo entraría en su mente a través del subconsciente, como un polizón que genera mil y una averías en el barco pero que nadie sabe siquiera que está ahí?

 

La forma

De la misma manera que el mensaje nos afecta también lo hace su forma. La materialidad de una idea completa la imagen de la realidad que transmite el relato. En parte, nuestra forma de percibir la realidad se conforma a partir de los relatos que recibimos. En este sentido, encontramos dos propuestas extremas: el ritmo trepidante hasta el absurdo y el tempo calmado y sereno que conduce al aburrimiento total. Debido a la coyuntura actual de la industria audiovisual, la segunda opción prácticamente no existe. La situación formal que realmente se da desde hace décadas es la de una tendencia estética dominada por la sucesión acelerada de planos cortos y movimientos de cámara delirantes.

Este tipo de narrativa marcada por la brevedad del plano y el ritmo apresurado suele incurrir en un planteamiento visual fragmentado, suma de partes inconexas. El resultado es un conjunto de momentos audiovisualmente violentos y confusos. Una persona acostumbrada a recibir este tipo de discurso, forzosamente, conforma su manera de ver el mundo según esas mismas categorías. Dicho sujeto será incapaz de comprender su existencia o de narrar su vida de otra forma que no sea a través de esta visión escindida de la realidad personal y circundante. Las capacidades de contemplación y de discernimiento (del propio proyecto de vida) acaban siendo mermadas por películas y series que avasallan al espectador con una cantidad de imágenes diez veces mayor de lo que puede asimilar activamente. A esta reflexión en el orden de las humanidades se suman estudios en la misma línea procedentes de investigaciones científicas.

A la atrofia de la inteligencia se suma el subdesarrollo del gusto. El espectador es incapaz de disfrutar de un relato audiovisual que no sea “rápido”; los planos largos y los silencios le ponen nervioso; no digamos ya los títulos finales, absolutamente incomprensibles. Las nuevas generaciones son incapaces de disfrutar de John Ford (“puff, blanco y negro… paso”) Andréi Tarkovsky (“puff, qué planos más largos”) Theo Angelopoulos (“puuuuff, ¡qué poco hablan los actores!”) o Ingmar Bergman (“puff, ¿de verdad? ¡Qué rollo!”). Posiblemente el cine de mayor calidad narrativa de la historia, el que más puede aportar y el que tiene una visión más profunda del ser humano, nunca será disfrutado por culpa de los prejuicios de espectadores que han crecido a la sombra de grandes superproducciones rebosantes de CGI.

 

Nuestra capacidad de acompañamiento

Habremos de ser capaces de orientar a nuestros hijos en la recepción e interpretación de la película o serie que vemos con ellos. Nuestros hijos necesitan criterios adaptados a sus capacidades intelectivas y afectivas. Nosotros debemos contar con la formación y elocuencia necesarias para ayudarles a interpretar cabalmente ese relato. Ahora bien, si hay algo que no sabes, lo mejor es decirles que no estás del todo informado/convencido pero que lo vas a investigar; y luego cumples lo dicho. No sólo estás siendo sincero con él, sino que le das ejemplo de humildad y diligencia (pues no sabes la respuesta, pero la vas a buscar).

Sobre la cuestión de cuánto tiempo es recomendable que vean ficciones audiovisuales (series y cine) no entro. Habéis de tener en cuenta que el cine no solamente entretiene, sino que también forma y nos ayuda ampliar nuestros horizontes vitales. En el momento en que ver cine y series se convierte en algo que nos impide desarrollarnos plenamente habéis encontrado vuestro límite.

Una buena forma de entrenarse en esto de la interpretación del relato (hermenéutica) es aprender de otros para, poco a poco, ir puliendo nuestro propio estilo. Estos son algunos ejemplos de títulos recientes que pueden ser interesantes: Celuloide posmoderno. Narcisismo y autenticidad en el cine actual (Juan Orellana y Jorge Martínez Lucena, 2010), Cómo formarse en ética a través de la literatura. Análisis estético de obras literarias (Alfonso López Quintás, 2008), El antifaz transparente. Antropología en el cine de superhéroes (Arturo Encinas, coord., 2016), Cine y misterio humano (Juan José Muñoz, 2003) Hathaway, Hitchcock, Stroheim. Directores católicos en el Hollywood clásico (Pedro Gutiérrez Recacha, 2014), El Señor de los Anillos. Del libro a la pantalla. El viaje audiovisual hacia la Tierra Media (Alejandro Pardo y Eduardo Segura, eds., 2012).

Desde hace años hablo de estos asuntos con mucha gente. Por lo general suelo encontrar bastante incomprensión, incluso perplejidad y acabo siendo señalado como un exagerado, un hooligan del “cine antiguo y aburrido”. Al principio daba vueltas a la cabeza para encontrar la forma de convencer al otro de mi postura. Últimamente me conformo con presentar los argumentos de manera amable y poco más. Quién tiene oídos oye. Mas quién carece de ellos debe someterse a una operación difícil de acometer en una conversación de unos pocos minutos, por lo que, ¿para qué desgastarse?

Quiero terminar dando las gracias a Blessings (que tiene oídos) por la oportunidad de expresar en su web mis cavilaciones sobre este aspecto de la educación audiovisual. También quiero agradecerle a mi mujer, Esther, que me haya provisto de referencias que han enriquecido significativamente el texto.

 

Arturo Encinas

Resp. del Área Audiovisual de Apóstrofe Comunicación

Prof. en los grados de Com. Av. y Creación y Narración de Videojuegos