Ahora que un nuevo miembro se va a sumar a la familia, una de las cosas que más ilusión puede hacerme es la imagen del momento en que Nuño conozca a su nueva hermanita. ¡Desde esta semana sabemos que es una niña!.

Me gusta imaginar la cara que pondrá Nuño cuando se asome a su cunita de hospital para verla por primera vez. Seguramente no se enterará de nada, el pobre. Y con el paso de los días, verá que esa nueva “cosa pequeña” que ha aparecido en casa, ha venido para quedarse.

Es un momento que espero con la misma ilusión que miedo. Porque yo sé que se van a querer con un amor incondicional y para siempre, pero claro, con un amor de esos de hermanos, que lo mismo das la vida por él, que lo mismo le matas… ¿ya sabéis, no?

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Hay ciertos signos que nos pueden dar la alerta de que el síndrome del principito destronado está llegando: cuando aparentan ser más bebés de lo que son, tratar con excesiva ignorancia al hermano que acaba de llegar, volver a hacerse pis (si ya no se lo hacía), conductas de desobedecimiento en casa o en el cole o incluso algún signo de agresividad. Pero no hay que alarmarse, como muchas cosas en la vida, son fases y podemos intentar prevenirlas o crear estrategias para pasarlas lo mejor y más rápidamente posible.

No comparar: primera cosa a evitar. Cada hijo es único y por ser hermanos no tienen que ser iguales ni tener los mismos ritmos.  Y eso debemos contárselo a ellos y a su entorno (profesores, familiares…) para que nos les machaquen con las frases lapidarias tipo “tu hermano a tu edad ya sabía hacer esto”.

Tiempo individualizado: dedicar tiempo a cada hijo en exclusividad puede ayudarles a reforzar su rol de hijo y su autoestima. Si vamos a la compra y nos podemos llevar solo al mayor, o en el parque, o llevándole a comer.

Involucrarles en las tareas: esto es una táctica antigua, pero funciona. Darle al mayor la oportunidad de ser el que cuida del pequeño, le ayuda a sentirse responsable y a querer estar más tiempo con él. Ojo, no hay que pasarse con la responsabilidad que les damos, siempre acorde con su edad.

Hablar con ellos. Si existen momentos de rabietas y celos, explicar claramente y con palabras que entienda, que el amor de los padres no se reparte, sino que es infinito para cada uno de ellos.  Utilizar cuentos y ejemplos que les ayuden a entender esto, como el de la luz de la vela, que se multiplica al darse.

Y sobre todo darles tiempo, el que necesiten. No agobiarles ni transmitirles culpabilidad por lo que están sintiendo. Acompañarles en este camino es parte de nuestra tarea como padres y presionarles para cambiar no es la manera. Pensamos que lo más importante es que siempre encuentren en nosotros comprensión y cariño.

¿Alguna experiencia en este sentido que nos podáis aportar? ¿Habéis pasado por síndrome del principito destronado? ¿Cómo ha sido? ¿Trucos infalibles??