Hoy vamos a hablar sobre unos de los últimos temas que hemos tratado en la escuela de padres. La autoestima o lo que es lo mismo, cómo nos queremos a nosotros mismos.

Parece que el hecho de quererse a uno mismo está mal visto: no está aprobado socialmente que uno diga lo bien que hace algo. Para la mayoría de nuestros entornos es preferible la falsa humildad. Quedas mejor. Sin embargo, es muy importante saber y reconocer qué es aquello que hacemos bien y dedicar tiempo a “tomarse un café con uno mismo” para conocerse mejor. Y esto es importante porque el tiempo invertido en quererse a uno mismo es tiempo invertido en querer a los demás. A nuestra familia, por ejemplo. Si uno no conoce y reconoce lo que hace bien, ¿cómo se lo va a dar a su pareja e hijos?

EscaleraAutoestima

Así pasa con nuestros hijos, que inexplicablemente, nos es mucho más fácil decirles lo que hacen mal que reconocerles lo que hacen bien. Por supuesto es necesario decirles lo que hacen mal, pero separando la conducta del ser, es decir: si mi hijo está comiendo y coge una rabieta y tira la comida al suelo, le diré que eso es una guarrería, no que él es un guarro. Porque de la otra manera puedo colocarle etiquetas que le marquen negativamente de por vida. Cuando se equivocan y fallan hay que quererles más todavía, porque eso les permite ser capaces de volverlo a intentar, saber pedir ayuda y contar siempre con el amor incondicional de sus padres.

Nos sorprenderían los efectos que tienen en nuestros hijos, ejercitarnos en el reconocimiento de lo que hacen bien: “Pepita, no sabes qué bien se porta mi hija mayor con sus hermanos pequeños… y cómo les ayuda con sus deberes y a recoger su cuarto” Una frase como esta, dicha a otra persona sin que parezca que sepamos que nos oyen, puede ser un tesoro.

Es lo que se conoce como el Efecto Pigmalión positivo, que se define como la influencia que tiene una persona en el rendimiento de otra. Se han hecho muchos experimentos sobre este suceso, pero el más ilustrativo para mi es aquel en el que se divide a los chicos de una clase en dos grupos, todos tienen capacidades muy similares, pero al profesor se le dice que una de sus clases es de  alumnos superdotados y la otra es de alumnos con bajas capacidades. Todo es mentira, pero al final del curso, los alumnos que se etiquetaron como con más posibilidades, de hecho obtuvieron mucho mejores resultados que los que se etiquetaron con bajo potencial.

Para nuestros hijos, podemos ser escaleras o lastres, está en nuestras manos.